viernes, 5 de marzo de 2010

Cuento "EL FUGITIVO"

La mano derecha se dirigió hacia la solapa del cuello de la camisa, la planchó con dos dedos y la sacudió un par de veces con una seguridad que el resto del cuerpo no tenía en ese momento. El pie derecho carraspeaba contra la tierra, sacando bufidos de polvo a diestra y siniestra. Ya no le faltaba mucho a la manecilla grande del reloj que portaba la mano izquierda, para alinearse con la bendita hora en que el autobús se tendría que detener frente a aquel par de ojos marchitos.

Las llantas llegaron con un cubrimiento de lodo y hojas secas. Y sí se detuvieron a tiempo para quedar casi pegadas a aquellas dos piernas que de tanto permanecer sin descanso se sentían tensas. El cuerpo se movió completo. Unas partes arrastrándose y otras alargándose lo más que podían para lograr trepar al autobús y no perder otra vuelta del segundero en aquel paraje.

El fugitivo ocupó dos asientos. Con tantos miembros el cuerpo no quiso restringirse espacio para desparramarse como pulpo en una tina. La mano derecha sacó una pequeña libreta y la izquierda una pluma. Las frases grabadas en ella se despertaron e iniciaron un clamor para llamar la atención y ser leídas por milésima vez. Pero en cambio, fueron doblegadas tras una vuelta de hoja. La página en blanco se apilonó de fantasmas, y al fin una línea y media terminó por garabatear la pluma; Gracias por su amor, siempre los querré, voy a encontrarme con el amor de mi vida.

La cabeza viró hacia el camino surcado por las llantas, y así se quedaron los ojos extasiados con el pasado y la boca se abrió en una sonrisa.

Y allá atrás, en la parada de autobuses, estaban llegando las gargantas que buscaban con gritos al fugitivo, espíritus enfundados en torsos y brazos, en piernas y ojos bañados en lágrimas. Esos corazones no lograban entender porqué la voz dulce del abuelo, el regazo de un viejo sabio, huía sin despedirse, dejando una nota con una promesa de una explicación próxima en su diario.

El fugitivo llegó a su destino. La mano derecha acarició el nombre de una mujer en la lápida. De la mujer que fuera en vida la dueña de la mano izquierda que siempre sostuvo. Los labios dijeron un beso en un murmullo. Palabras que otros oídos que no fueran de su mujer no entenderían. La mano izquierda fue al sombrero y lo retiró de la cabeza para depositarlo sobre el cemento. El cuerpo se recostó abrazado a la tumba y los ojos, muy serenos, se despidieron de la luna. El fugitivo escapó a buen tiempo. No más sandalias gastadas ni ayuno en la sequía. Y allá a lo lejos, los deudos entendieron. -Al abuelo le llegó la hora-dijeron unos. –La abuela lo llamó desde el cielo- dijeron otros. La mano derecha del fugitivo sostiene para siempre la mano izquierda de su esposa. Les dijo el diario.

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