que expande la catarsis
entre mis sienes
mientras floto sobre el rio,
la visión del vacío,
aquella tan notoria,
la visión que omite
porque figura sin existir
del todo,
marca su destino
en las hojas y raíces
de los pocos árboles
que podrían asirme.
No hay templanza
para divagar en tierra,
no hay oyentes
en el fondo de la corriente.
Brumante bruno,
arranca las hortalizas
de mi pecho,
cena para el luto
de la vida
que no se resigna
a desterrarse
bajo mis pies.