Me gusta que la mirada pulse con la constante velocidad de los latidos,
vendaval de felinos que llevan sobre sus lomos nuestros cuerpos,
que las líneas alarguen sus curvas al infinito
en un raudal de aluviones vastos en la presencia
del color púrpura, del vino tinto.
Que tu mano, así tan serena se pose como piedra
y quede inamovible por el resto de los sueños.
Que lo eterno nos llegue de pronto
y no estemos preparados,
y nos atrape con su néctar,
que nos embriague de verde,
de música, de luces danzantes.
Me gusta creer que somos peregrinos,
y que la luz de lo distante
somos nosotros hablándonos al oído,
que estaremos hombro con hombro
en nuestros ojos unidos.
Netohualcóyotl (Carlos Ernesto Dramante)